26.11.09
Horóscopo
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Pedro Galindo
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2.10.09
Ooooso
Y así, de un día para otro, se encontró este oso de aquí que en realidad era este oso de acá. Y la vieja de latín (que de vieja, nada) se sonrojaba con Galeno: 'omne animal post coitum triste est'.
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Pedro Galindo
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9.9.09
Up to the eyes
Foto: Jack Delano (septiembre , 1941). Library of Congress:
Farm Security Administration, Office of War Information
Collection 11671-3 (DLC) 93845501
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Pedro Galindo
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1.9.09
Destino manifiesto

Aviso de vinos en la revista Zig-Zag, 1933. Biblioteca Nacional (Chile)
Este blog se llamó en algún momento "Historia personal de lo inútil". Abandoné ese título después un poco porque comenzó a hacerme sentir incómodo y otro poco porque uno cambia. En su origen tenía sentido. El blog era por entonces una especie de fichero o libreta donde me proponía evitar enviar a la basura cosas que encontraba por ahí y que no tenían cabida alguna en mi trabajo. Me pagaban en ese tiempo exactamente por lo contrario: por cosas útiles. Números, aparatos, dibujos, historias que sirvieran, sí o sí. El problema era el material sobrante. Esa parte de la exclusión que era más bien materia terca, resistente al servicio. Hechos residuales que parecían no calzar en la utilidad de nada. Y que, sin embargo, desistían a desaparecer como desechos. Fui reuniendo así, entre otros desprecios, una colección de preguntas susceptibles de esa cualidad.
***
Nota del sommelier: En ausencia de un Concha y Toro de 1933, una variedad joven menos ampulosa ideal para este plato puede ser el sauvignon blanc de Nueva Zelanda 'Cat's Pee on a Gooseberry Bush' [Pipí de Gato en Arbusto de Grosellas] (da lo mismo el año). Según el decir de un entendido: "It's amazing what a little can do."
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Pedro Galindo
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Etiquetas: aseo y ornato, coleccion de preguntas, elogio de lo que sobra, higiene ambiental, historia personal de lo inutil
10.8.08
Timidez
Hará unos diez años, entrevisté a un escritor por entonces de una tímida fama. La entrevista fue por teléfono. No lo conocía personalmente. El caso es que apenas lo llamé y él contestó, sucedió que el hombre era tartamudo. Nadie me lo había advertido. A mí me interesaba la entrevista de modo que hice mi mayor esfuerzo para no atropellarlo con interrupciones mientras la conversación se tornaba francamente en una incomodidad terrible. Su problema parecía agudizarse con cada nueva pregunta. Opté entonces por limitar mi cuestionario a lo básico y excluí cualquier pregunta que lo llevara a seguir multiplicando por minutos las sílabas de una sola palabra. Terminada la entrevista, le comenté el episodio a la chica que trabajaba a mi lado. Ella, que llevaba varios años escribiendo de escritores, abrió unos tremend0s ojos y se puso a reír con lo que le conté. Hasta donde ella lo conocía, y por lo visto lo conocía muy bien, mi entrevistado no tenía ningún problema de tartamudez. El personaje, según ella, se había reinventado a sí mismo como tartamudo como imagen pública. ¿Por qué? No tengo la menor idea. Sólo sé una cosa: le creí cada palabra que me dijo. Su titubeo exasperante, sincero o falso, no me dio espacio para desconfiar. Mi compañera de escritorio, en cambio, no titubeó y también le creí.
Lo normal es ver la timidez como un atributo, una cualidad incómoda que otras personas suelen felicitar. Pero también se la puede ver como un instrumento, como una herramienta al servicio de un propósito. Yo nunca lo había pensado así. La oportunidad me la ofreció esta carta que aparece hoy en el New York Times. Un lector escribe que la imagen de timidez de la pianista argentina Martha Argerich no es más que una estrategia. Durante tres años, hace ya tiempo, me tocó reportear para la sección de música clásica en un suplemento de espectáculos. La timidez de la Argerich era un tema trivial y recurrente. La argentina tiene fama de rehusar sistemáticamente ofrecer recitales como solista y la respuesta ha sido siempre una sola: es que es demasiado tímida, la soledad frente al público la atemoriza. Uno encontraba esta historia en las carátulas de sus discos, en las crónicas que se escribían sobre ella y en las conversaciones de los propios pianistas. Y nadie lo ponía siquiera en la más mínima sospecha: Martha Argerich, pianista de talento irrefutable, era genuinamente tímida.
El autor de la carta en el Times de hoy cuestiona toda esa supuesta timidez. Cuenta que conoció a la argentina hace cuarenta y cuatro años en Bruselas, un año antes de que ella ganara el Concurso Chopin en Varsovia. La recuerda entonces como una mujer frontalmente agresiva, que no exhibía titubeo alguno sobre el escenario. Su timidez, dice, habría aparecido después, como una maniobra inteligente de la que comenzó hacer uso cuando el nuevo repertorio de los pianistas se convirtió en un territorio peligroso.
Uno, por supuesto, puede preguntarse qué propósito persigue el señor de la carta con esa carta, qué lo motivó a oficiar de detective y desenmascarar a la pianista. De ser cierta su hipótesis, en todo caso, no es del todo maligna. Hablar de la timidez como un instrumento no convierte a la persona que la exhibe necesariamente en poco honesta. No se puede confundir sinceridad con improvisación ni cálculo con cinismo. Para la Argerich, tocar el piano y hacer gala de timidez debe ser algo bastante parecido: para qué hacerlo en vivo si en el estudio se dispone de más tiempo. No estoy diciendo que la pianista invente esa cualidad (no hay manera de saberlo). De hecho, en rigor el tema no es la timidez. El tema es la cualidad que la acompaña, la cualidad que impulsa a la pianista --igual que al supuesto falso tartamudo-- a poner en escena ese atributo.
***
Imagen: Jean Arp. Sin título más ésta descripción: "collage con cuadrados en arreglo según las leyes de la oportunidad." © 2008 Artists Rights Society (ARS), New York / VG Bild-Kunst, Bonn
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Pedro Galindo
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Etiquetas: coleccion de preguntas
11.7.08
27.6.08
Mínimo común
Esto no tiene nada de especial: le tengo miedo a las alturas. Lo menciono porque un amigo, del que no sabía nada desde hace por lo menos quince años, me encontró en Facebook y me saluda así: "Oye, Píter, de verdad que trabajai para la nasa?" La pregunta me alegró la mañana. Después me quedé preocupado. Y es que de verdad que ando como en las nubes. Cuando chico solía soñar que volaba. Era un sueño intenso, vívido, muy realista, en capítulos. Primero, me elevaba medio metro desde el pavimento en la calle afuera de mi casa. Después, superaba el techo y veía los postes de luz desde arriba. Veía con nitidez los cables del tendido eléctrico, las calles que se adelgazaban, el barrio, todo Ovejería, la línea del río Rahue en Osorno. Era un sueño exquisito. Pero una vez llegué hasta las nubes. Eran como tuberías de hielo quebradizo, como una colección de nidos de arañas de rincón.
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Tengo una alumna privada que es sicóloga. Me reúno con ella los jueves, en un café de Union Square, en el tercer piso de la librería Barnes & Noble. Es mi excusa para disfrutar ese lugar. La semana pasada, después de la clase, pasó a mi lado Salman Rushdie. Estaba allí para presentar su último libro. Por supuesto me quedé. El único espacio desocupado era un pasillo en la sección de textos de diseño gráfico. Había una mujer sentada en el suelo, con un libraco enorme sobre la falda. Tomaba notas, mordía el lápiz. El indio parecía no importarle lo más mínimo y con toda sinceridad a mí tampoco. En un momento levantó la vista, cerró el libro, se llevó las manos a la melena, se desperezó como el placer matinal de un sueño exquisito. Me miró, sonrió y se fue. Hice lo mismo.
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1. The Atlantic: el tema de portada pregunta si Google nos está haciendo estúpidos. En inglés lo hace con un juego de palabras "Is Google Making Us Stoopid?" El autor del artículo dice que Google está cableando nuestros circuitos neuronales del mismo modo en que la electricidad cableó en su tiempo el circuito eléctrico del planeta.
2. Lapham's Quarterly: trae, entre muchos, un documento sobre derechos de los animales. Presenta a Hitler como promotor tenaz de la condena contra el maltrato animal. Dice que el régimen nazi condenó como ciencia judía el uso de animales para experimentos. De allí la política posterior: en vez de experimentar con perros y gatos, comenzaron a hacerlo con judíos y gitanos.
3. The Believer: La escritora Zadie Smith explica qué es lo que hace cuando escribe, o mejor, cómo lo hace. En una curiosa mueca a la diversidad, alguien dejó en el mismo estante dos revistas de muchachitas adolescentes: en una aparece Hannah Montana y en la otra Taylor Swift.
4. Forbes: Le saca la lengua al resto con los nuevos quinientos más ricos del planeta. Mientras hojeaba la revista, examiné mis bolsillos. Decidí, por salud, abstenerme de esa riqueza.
En el siguiente pasillo, Laura Leist, una señora delgada, impecable y cero arrugas, recomienda cómo eliminar el caos "de tu casa y de tu vida". De entre los diez consejos de su libro, me asustó especialmente el número 3: purge, elimine. Si quiere ordenar, elimine, elimine.
Ya era tarde. Me vine.
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Pedro Galindo
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