26.11.09

Horóscopo

New York Post [?] diciembre 2008

Le tomé una foto a este recorte el año pasado, en un asiento del tren de Manhattan a Nueva Jersey. At the end of the week, resulta que estoy en Valdivia y una bandurria se tuerce de la risa en el patio.

10.8.08

Timidez

Hará unos diez años, entrevisté a un escritor por entonces de una tímida fama. La entrevista fue por teléfono. No lo conocía personalmente. El caso es que apenas lo llamé y él contestó, sucedió que el hombre era tartamudo. Nadie me lo había advertido. A mí me interesaba la entrevista de modo que hice mi mayor esfuerzo para no atropellarlo con interrupciones mientras la conversación se tornaba francamente en una incomodidad terrible. Su problema parecía agudizarse con cada nueva pregunta. Opté entonces por limitar mi cuestionario a lo básico y excluí cualquier pregunta que lo llevara a seguir multiplicando por minutos las sílabas de una sola palabra. Terminada la entrevista, le comenté el episodio a la chica que trabajaba a mi lado. Ella, que llevaba varios años escribiendo de escritores, abrió unos tremend0s ojos y se puso a reír con lo que le conté. Hasta donde ella lo conocía, y por lo visto lo conocía muy bien, mi entrevistado no tenía ningún problema de tartamudez. El personaje, según ella, se había reinventado a sí mismo como tartamudo como imagen pública. ¿Por qué? No tengo la menor idea. Sólo sé una cosa: le creí cada palabra que me dijo. Su titubeo exasperante, sincero o falso, no me dio espacio para desconfiar. Mi compañera de escritorio, en cambio, no titubeó y también le creí.

Lo usual es ver la timidez como un atributo, una cualidad incómoda que otras personas suelen a veces felicitar. Pero también se la puede ver como un instrumento, como una herramienta al servicio de un propósito. Yo nunca lo había pensado así. La oportunidad me la ofreció esta carta que aparece hoy en el New York Times. Un lector escribe que la imagen de timidez de la pianista argentina Martha Argerich no es más que una estrategia. Durante tres años, hace ya tiempo, me tocó reportear para la sección de música clásica en un suplemento de espectáculos. La timidez de la Argerich era un tema trivial y recurrente. La argentina tenía fama de rehusar sistemáticamente ofrecer recitales como solista y la respuesta era siempre una sola: es que es demasiado tímida, la soledad frente al público la atemorizaba. Uno encontraba esta historia en las carátulas de sus discos, en las crónicas que se escribían sobre ella y en las conversaciones de los propios pianistas. Y nadie lo ponía siquiera en la más mínima sospecha: Martha Argerich, pianista de virtuosidad indiscutible, era genuinamente tímida.

El autor de la carta en el Times de hoy cuestiona toda esa supuesta timidez. Cuenta que conoció a la argentina hace cuarenta y cuatro años en Bruselas, un año antes de que ella ganara el Concurso Chopin en Varsovia. La recuerda entonces como una mujer frontalmente agresiva, que no exhibía titubeo alguno sobre el escenario. Su timidez, dice, habría aparecido después, como una maniobra inteligente de la que comenzó hacer uso cuando el nuevo repertorio de los pianistas se convirtió en un territorio peligroso.

Uno, por supuesto, puede preguntarse qué propósito persigue el señor de la carta con esa carta, qué lo motivó a oficiar de detective y proponer desenmascarar a la pianista. ¿Y si fuera cierto lo que sugiere, tendría algo de maligno? Hablar de la timidez como un instrumento no convierte a la persona que la exhibe necesariamente en poco honesta. Defender la sinceridad como sinónimo de la improvisación equivaldría a confundir cálculo con cinismo. Tocar el piano y hacer gala de timidez quizá sean para la Argerich la ejecución de un único espectáculo: para qué hacerlo en vivo si en el estudio se dispone de más tiempo. No estoy diciendo que la pianista invente esa cualidad (no hay manera de saberlo). De hecho, en rigor el tema no es la timidez. El tema es la cualidad que la acompaña, la cualidad que impulsa a la pianista --igual que al supuesto falso tartamudo-- a poner en escena ese atributo.

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Imagen: Jean Arp. Sin título más ésta descripción: "collage con cuadrados en arreglo según las leyes de la oportunidad." © 2008 Artists Rights Society (ARS), New York / VG Bild-Kunst, Bonn

11.7.08

Estos días

Thomas Roma: Higher Ground

27.6.08

Mínimo común

Esto no tiene nada de especial: le tengo miedo a las alturas. Lo menciono porque un amigo, del que no sabía nada desde hace por lo menos quince años, me encontró en Facebook y me saluda así: "Oye, píter, de verdad que trabajai para la nasa?" La pregunta me alegró la mañana. Después me quedé preocupado. Y es que de verdad que ando como en las nubes. Cuando chico solía soñar que volaba. Era un sueño intenso, vívido, muy realista, en capítulos. Primero, me elevaba medio metro desde el pavimento en la calle afuera de mi casa. Después, superaba el techo y veía los postes de luz desde arriba. Veía con nitidez los cables del tendido eléctrico, las calles que se adelgazaban, el barrio, todo Ovejería, la línea del río Rahue en Osorno. Era un sueño exquisito. Pero una vez llegué hasta las nubes. Eran como tuberías de hielo quebradizo, como una colección de nidos de arañas de rincón.

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Tengo una alumna privada que es sicóloga. Me reúno con ella los jueves, en un café de Union Square, en el tercer piso de la librería Barnes & Noble. Es mi excusa para disfrutar ese lugar. La semana pasada, después de la clase, pasó a mi lado Salman Rushdie. Estaba allí para presentar su último libro. Por supuesto me quedé. El único espacio desocupado era un pasillo en la sección de textos de diseño gráfico. Había una mujer sentada en el suelo, con un libraco enorme sobre la falda. Tomaba notas, mordía el lápiz. El indio parecía no importarle lo más mínimo y con toda sinceridad a mí tampoco. En un momento levantó la vista, cerró el libro, se llevó las manos a la melena, se desperezó como el placer matinal de un sueño exquisito. Me miró, sonrió y se fue. Hice lo mismo.

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Clase otra vez y Manhattan exquisita. Apenas he visitado los museos. No me interesan. A las cinco y media, después de recibir el cheque por una hora y media de conversación, me fui a la sección revistas.


1. The Atlantic: el tema de portada pregunta si Google nos está haciendo estúpidos. En inglés lo hace con un juego de palabras "Is Google Making Us Stoopid?" El autor del artículo dice que la herramienta está cableando nuestros circuitos neuronales del mismo modo en que la electricidad cableó en su tiempo el circuito eléctrico del planeta.

2. Lapham's Quarterly: trae, entre muchos, un documento sobre derechos de los animales. Presenta a Hitler como promotor tenaz de la condena contra el maltrato animal. Dice que el régimen nazi condenó como ciencia judía el uso de animales para experimentos. De allí la política posterior: en vez de experimentar con perros y gatos, comenzaron a hacerlo con judíos y gitanos.

3. The Believer: La escritora Zadie Smith explica qué es lo que hace cuando escribe, o mejor, cómo lo hace. En una curiosa mueca a la diversidad, alguien dejó en el mismo estante dos revistas de muchachitas adolescentes: en una aparece Hannah Montana y en la otra Taylor Swift.

4. Forbes: Le saca la lengua al resto con los nuevos quinientos más ricos del planeta. Mientras hojeaba la revista, examiné mis bolsillos. Decidí, por salud, abstenerme de esa riqueza.

En el siguiente pasillo, Laura Leist, una señora delgada e impecable, recomienda cómo eliminar el caos "de tu casa y de tu vida". De entre los diez consejos de su libro, me asustó especialmente el número 3: purge, elimine. Si quiere ordenar, elimine, elimine.

Ya era tarde. Me vine.

20.6.08

Correo sospechoso


No sé por qué en el último tiempo estoy recibiendo cartas cada vez más extrañas. La última, que sospecho me llegó por error, fue un sobre firmado por un cierto Tribunal de la Inquietud (eso dice el remitente). El documento informa que el tribunal, integrado en su totalidad por caballeros de modales higiénicos*, está teniendo serias dificultades para encontrar solución a una lista de 117 preguntas que son, subraya la carta, de la menor urgencia. Transcribo algunas:

1. Qué hace el London Bridge en el desierto de Arizona.
2. Por qué Darwin se negó a que lo sepultaran junto a Newton.
3. Qué comía Pitágoras si no comía carne.
4. "Por qué un pelo negro aparece en la cabeza justo al lado de un pelo blanco. Quién puede conocer la causa de esa diferencia." La pregunta es de Nicole Oresme, De causis mirabilium, c1370.
5. Cuál es la razón de que cuando alguien se mira en el espejo la cara se invierte de izquierda a derecha y no de arriba hacia abajo. La pregunta es de Daryn Lehoux.
6. Qué exactamente ocurrió en Santiago de Chile entre el viernes 4 de octubre y el sábado 15 octubre de 1583, descontados ambos días.
7. Qué tienen en común las calles de Kabul con las recreaciones de la toma de Valdivia en el fuerte de Corral (sur de Chile).
El tribunal refiere en la carta áridas sesiones de discusión técnica entre los jueces, sin que ninguno, a juzgar por el texto, haya siquiera atisbado indicios de solución. Naturalmente el problema, alegan los jueces, no es la respuesta a las preguntas sino a quién demonios convocar para que emita un juicio experto en cada asunto. Lo más extraño, sin embargo, es el párrafo final, donde el "cuerpo colegiado" declara que, "por respeto a la investidura de los árbitros, el tribunal se excusará solemnemente de aceptar cualquier opinión que no sea estrictamente la de sus miembros".

TTI/PG sec
Campus Ivory Tower, Inc

[*] La carta incluye dos recortes anexos de un cuaderno privado identificado con las letras SS. El primer recorte, "Su Señoría" refiere que el tribunal ha resistido heroicamente los intentos sediciosos de incluir entre sus miembros a gente del populacho. En el segundo, se describe que "la línea de resistencia de los magistrados ha logrado poner a raya los peligros de contaminación por ignorancia y mantener así sana y salva la higiene de los veredictos".

15.4.08

Ver escribir


Underwood en un anuncio de los años veinte.

La culpa me corroe. Y lo peor es que no he hecho nada malo. Siento entonces el impulso de unas ganas brutales de enfrentar directo a los ojos el origen de esta sensación culposa. Traerla a mi escritorio, sentarla en la mesa, someterla a un minucioso escrutinio visual, intenso, metódico.


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El mes pasado, Edmundo Paz Soldán anotaba en su
blog (en un comentario acerca de blogs) dos datos sobre Nietzsche. Primero, que el alemán escribía a mano y que después comenzó a hacerlo a máquina. Y segundo, bueno, más que dato era un no-dato, una idea. Dice Nietzsche (la traducción, intuyo, es del boliviano): "Nuestras herramientas de escritura funcionan en nuestra forma de pensar". Como el blog de Edmundo acepta comentarios, pensé escribir y preguntar allí por el origen de la cita. En realidad no exactamente por la cita sino por algún vínculo, cómo decirlo, entre esa idea y el libro ése donde el bigotudo propone 'filosofar a martillazos'. Aunque, claro, yo más bien tenía en mente algo mucho menos sesudo. Más bien pensaba en algo auditivo. Digamos, en una relación acústica entre el título del libro (martillazos), la brevedad metálica del texto (martillazos) y el sonido del tecleteo de las viejas máquinas de escribir (martillazos).

Después me arrepentí. ¿Y qué tal si, en vez de andar agobiando a otros con preguntas extrañas, rastreaba yo mismo las referencias? Después de todo, quienquiera que hoy se proponga esas preguntas llegará al mismo dilema. Nietzsche no estará allí para corroborar los hallazgos. Transcribo entonces los resultados de mi exploración [iniciada un lunes por la noche, después de Dancing with the Stars].

0. Dónde comenzar. Mmm. Esta es la historia de un invento y de gente famosa que usó el invento (gente que uno tendería a pensar que no lo habría usado, la idea es sentirse sorprendido). Ensayo, entonces, un camino como el de Henry Petroski. Petroski es un ingeniero, profesor en Duke, que se ha dedicado a escribir la historia de cosas que se echan a perder. Cosas que fallan (puentes que se caen, vasos que se quiebran). Como el hombre es ingeniero, casi todo lo mira por el lado de la eficiencia: se detiene en el error hasta encontrarle la perla. El único problema es que, a ratos, da la impresión de que escribe como quien hace la lista de compras para el supermercado (bueno, sólo a ratos). En fin. La historia de Nietzsche, de si escribió o no a máquina, debería estar en algo tipo Petroski, algo como su biografía del lápiz, esa donde dice que la gracia del lápiz es que sus huellas se pueden borrar [memorable: hasta cierto punto, un blog admite lo mismo y yo lo hago con frecuencia].


1. Estación uno: este artículo de Joan Acocella en la revista New Yorker. El tema es la máquina de escribir y los escritores. Acocella muestra su sorpresa frente al hecho de que Nietzsche hubiera usado una. Pero enseguida declara entenderlo. El viejo filósofo por lo visto compró el aparato como quien compra aspirinas para el dolor de cabeza: "[E]n el esfuerzo de hallar alivio a la migraña y a su incipiente ceguera --síntomas... de un caso de sífilis en etapa avanzada-- compró uno de estos nuevos artilugios."

2. Desde Acocella llega uno directo al canadiense Darren Wershler-Henryen, autor de The Iron Whim: A Fragmented History of Typewriting (Cornell, Ithaca, 2007). Los datos de Paz Soldán se encuentran en las páginas 50 y 51 de este libro. Wershler-Henry habla de Nieztsche como el "filósofo del fragmento". Dice que Nieztsche consideró comprarse una máquina de escribir en 1879 y lo hizo dos años más tarde. La máquina que eligió --un modelo que hoy nos parecería rarísimo-- se la compró al pastor e inventor danés Hans Rasmus Malling Hansen (las estadounidenses le habrían parecido demasiado pesadas).

3. Al canadiense, por supuesto, le interesaban más las máquinas dactilográficas que los desmadres del germano. Es decir que, en este caso, la información la derivó de otro autor, al que cita de modo explícito: el teórico sajón Friedrich Kittler. Fue Kittler quien propuso la hipótesis de que Nietzsche desarrolló ese estilo aforístico, tipo telegrama, como una consecuencia directa "de la adopción de la máquina de escribir... en un periodo de ceguera creciente y constantes migrañas" (Grammophon Film Typewriter, Berlín 1986, Stanford 1999). O sea que los datos proceden de aquí. La cita específica a la que hacía alusión el boliviano aparece en la página 200 de la versión en inglés (la misma que cita el canadiense, a partir de la traducción de Geoffrey Winthrop-Young y Michael Wutz).

El nombre de la máquina era 'esfera escribiente' (skrivekugle en danés). Había sido registrada como invento en 1865 y no se parece en nada a las que se masificaron más tarde. Tenía las teclas en la parte superior, organizadas en círculo, a la manera de una bola de cristal. Nietzsche llegó a identificarse de tal modo con el aparato que, en febrero de 1882, la describió en estos términos: "Es una cosa como yo: hecha de acero" ["Schreibkugel ist ein Ding gleich mir von Eisen"]. Menciona atributos específicos, que también percibe en él: se repliega con facilidad cuando viaja y para su disposición se requiere tacto y paciencia en abundancia, y dedos finos. Algunos años antes, la primera vez que vio una de estas cosas, se había preguntado si acaso eran humanas.




La 'esfera escribiente', máquina de escribir del danés Hans Malling-Hansen, patentada en 1865. Hansen era además director del instituto para sordomudos de Copenhague. Éste es un ejemplar de 1878. Fue uno de estos modelos el que usó Nietzsche, ya casi ciego. "Los ojos ya no tendrán que volver a hacer su trabajo", anotó después de una semana de haberla comenzado a usar en 1882. Según Kittler, la máquina influyó directamente en lo que escribió Nietzsche. Y sobre todo en cómo lo escribió.




¿Cómo se escribe a martillazos? Si uno mira con detalle el artefacto quizá el rabioso alemán se refería literalmente a eso. Esto es lo que se deriva desde los documentos que consultó Kittler. La máquina fue diseñada en el espíritu de la silla de ruedas: un dispositivo para compensar deficiencias fisiológicas. Y también para usarla en las oficinas del telégrafo, para la transcripción rápida de telegramas. Nietzsche sufría de miopía extrema y, según el testimonio de un médico que lo habría visitado en 1877, su visión en el ojo derecho virtualmente no le permitía identificar las letras. Con el izquierdo, "a pesar de la miopía... todavía podía registrar imágenes normales". La migraña era evaluada como un síntoma secundario. No podía mantener la vista fija en la lectura por más de veinte minutos. Los ojos le dolían. En 1881, en una carta a su hermana, comenta que recibió muestras, dibujos y evaluaciones de la máquina de Hansen. "Ésta la que quiero (la estadounidense es demasiado pesada)." El aparato costaba 375 marcos y había que pagar por separado los gastos de envío. La fábrica estaba en Dinamarca y en Alemania no había un lugar formal donde adquirirla. Al parecer, había que comprarla bajo cuerda. Cuando ya la tuvo en sus manos, Nietzsche escribió: "Después de una semana... los ojos ya no tendrán que volver a hacer su trabajo."

Fue entonces (no habría sido 'entonces' sino seis años después)desde ese ahora raro aparato (para entonces se dice que ya habría dejado de usar la máquina, o sea, que a lo mejor lo escribió a mano) desde donde Nietzsche hizo emerger, ya casi en la locura, casi ciego, estas palabras: "Buscando los principios, uno se convierte en un cangrejo. El historiador, de tanto mirar hacia atrás, termina por creer también hacia atrás." Chuta.


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* Correcciones en rojo:  4 de enero de 2011.

30.3.08

El sexo y la ciudad


ME HABÍAN HABLADO tanto de Sex and the City que, desde hace no mucho, acepté acompañar a la Fabi en largas sesiones nocturnas viendo, uno por uno, casi sin pausas, todos los episodios de las seis temporadas que duró la serie. El resultado: habla por sí solo. Me he visto ya la serie casi entera y ahora, por supuesto, también veré la película. Pero como esta confesión la hago desde un suburbio, casi campo, lejos de Manhattan, más cercano a David Lynch que a Míster Big, aquí va un pequeño regalo: el documental Crumb, de Terry Zwigoff, íntegro y con subtítulos. Es algo así como la antítesis del universo en el que deambulan Carrie Bradshaw y sus amigas. Carrie anhela ser vista, todo en ella es recibir la mirada. Crumb es literalmente lo opuesto.